De qué hablamos cuando hablamos de erotismo

Por Rosa Emilia del Pilar Alcayaga Toro*

Hablar del erotismo significa hablar de una transgresión a nuestra condición de seres pertenecientes a la especie animal. En ese sentido, el  erotismo se da solo entre los seres humanos. El goce erótico para nosotros es independiente del sexo, puesto que hoy, tanto para hombres como mujeres, el sexo no es pensado solamente para la reproducción como un fin en sí. Cuando de animales se trata, estos se aparean siguiendo su instinto en la época de celo y lo hacen, casi en su totalidad, para la continuación de su especie.

En el caso nuestro, poco a poco la mujer-hembra fue haciéndose atractiva y eróticamente dispuesta a la sexualidad durante toda su vida. En ese proceso de hominización, cuando damos ese paso como especie y nos diferenciamos de los animales, en una primera etapa nosotros tuvimos iguales características que los animales en la actividad sexual: la hembra accedía al macho cuando ella estaba en el período más propicio para engendrar, y el macho así lo percibía. Se supone que, tanto el macho como la hembra, tenían esa cierta disposición instintiva que era perceptible visualmente o a través de ciertos olores. Podemos asegurar, sin temor a equivocarnos, que en el caso de los seres humanos, el erotismo tanto como la actividad sexual son construcciones culturales que nos amarran a ciertas costumbres diferenciadas entre los sexos, costumbres que van de la mano de la historia del trabajo y de la historia de las religiones.

En una sociedad patriarcal en donde las mujeres somos tratadas como seres inferiores o subordinadas al hombre o bajo su dependencia, o como decimos hoy en día consideradas “como propiedad de los varones”, es bueno traer al debate preguntas como porqué en los boleros, por ejemplo, se justifica el asesinato de mujeres: “te maté porque eres mía”, dice a la letra un famoso tema musical; o cuando al contraer el vínculo matrimonial que es un contrato económico, nuestro valor como mujeres está dado por la capacidad de procrear que tengamos. Ser madres pasaría a ser lo fundamental. Y somos celebradas en esa condición de madres. O sea procreadoras de seres humanos, tarea necesaria para la multiplicación de la mano de obra, sobre todo, en un modelo capitalista como este en que vivimos, en donde el contrato sexual fue pactado entre varones y  nosotras, las mujeres, estuvimos ausentes. En el cristianismo la imagen central concebida para una mujer es la virgen María, que tuvo a su hijo Jesucristo sin coito, sin participación del hombre, sin placer: la imagen de esta mujer madre está dibujada como una mujer pura y santa.

Y en el caso de los varones, los recientes estudios que ellos mismos están dando a conocer, desde su perspectiva de la masculinidad, exigen salir de ese encierro que, en estas costumbres diferenciadas que han sido impuestas a través de la cultura, al hombre se le exige una carga pesada que significa cumplir con las tres P, como ellos indican: penetrar, proteger y poseer. Un pacto tácito que están obligados a cumplir para que no se cuestione su virilidad. Entre ellos -y lo saben- existe un férreo control que les impide apartarse de la norma. Es hora, entonces, de que estudiemos y conversemos de estos temas en conjunto. Estoy convencida de que eso enriquecerá nuestras relaciones y nos hará más felices.

En Occidente -merced a la religión cristiana-, comenzó entonces a desplazarse esta idea que va desde una sexualidad sin vergüenza hacia la sexualidad vergonzosa de la que se derivó el erotismo. Y ese erotismo a puertas cerradas esconde una doble moral: mujeres explotadas como objeto sexual, lo que es recurrente y desmedido en la televisión y en las revistas. En el fondo -y por influencia de la religión- vivimos una doble moral: por un lado el erotismo llevado a sus extremos, incluso hasta niveles de perversión y en donde se exacerba una relación erótica patriarcal en que la parte femenina del erotismo aparece como la víctima, y la parte masculina del erotismo, como el sacrificador.

Las mujeres queremos disfrutar del placer sin temor al castigo social y cultural. Es una reivindicación de nosotras, de todas las mujeres, por un sexo placentero sin el estigma del pecado. La independencia sexual de las mujeres es un derecho -e indispensable- para lograr nuestra real mayoría de edad como seres humanas; así lo afirmó la psiquiatra chilena Dra. Lola Hoffmann. Y eso no significa libertinaje como muchas y muchos suponen, nada más significa ser conscientes de nuestra dignidad.

* Poeta y periodista. Magíster en Literatura. Integrante del Colectivo “Mujeres que leen mujeres”.

Contacto: rosaalcayagatoro@gmail.com

 

 

 

 

2 thoughts on “De qué hablamos cuando hablamos de erotismo

  • 13/08/2016 at 9:35 am
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    Hemos transgredido nosotros mismos el valor real del respeto al genero en su fondo. Hemos dejado que la forma distorcione el sentido valorico de la mujer en su escencia. La falta absoluta de educacion emocional y civica para con la mujer y su descendencia femenina nos lleva a que nosotras mismas sin darnos cuenta, formemos varones sumidos en un concepto distorcionado del concepto MUJER en la vida del hombre. La MADRE no es lo mismo para el hombre machista que la mujer o la hija. La madre es sagrada. La mujer esta por verse. Se crea esa diferencia mal lograda por la trascendencia desfigurada de la formacion y educacion diferenciada que le damos a ambos hijos de manera diferente. Creamos pequeños mounstros masculinos con el libre albedrio de decidir y juzgar, sin corregir a tiempo y educar. Le damos a la mujer el segundo plano en la vida desde pequeñas, porque esta sociedad lo demanda de manera tacita desde tiempos inmemoriales en este duro y distorcionado pais. La formacion maternal es la punta del iceberg que deberiamos saber corregir. La dura realidad que no vemos en tu totalidad.

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    • 13/08/2016 at 6:24 pm
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      Me gustaría estar más de acuerdo contigo, Marcela la Leal, pero tu redacción y tu ortografía muy flaco favor le hacen a la buena causa que defiendes.
      Te sugeriría tratar de mejorar esas cosas para que se pueda atender en serio a lo que dices, que -por cierto- no es errado.
      Por ejemplo, si vas a usar tan a menudo la palabra “distorsión” y sus variantes, te sugiero que las comiences a escribir con S. Y “monstruos” lleva la U después de la R.
      Respecto al artículo, señalo mi plena coincidencia con la autora.

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